La Mujer en el Ascensor

Lee esta historia en inglés.

Ana María Archila se convertío en una figura nacional cuando enfrentó a un senador en un ascensor antes de un voto crítico sobre el próximo juez de la corte suprema. No llego ahí por accidente.

Por Tomas Navia y Diana de Lourdes Baptista Rojo

Ana María Archila heredó el activismo de sus padres, como algunos heredan de ellos la riqueza o el color de ojos.  Le viene en la sangre por parte de su padre que, en su natal Bogotá, Colombia, fue militante del partido Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario. Dice que el dicho de su madre todavía la guía: “todas las personas merecen la libertad de ser quienes son”.

La colombiana, 39, se convirtió en figura pública cuando minutos antes del voto por la Comité Judicial del Senado sobre la nominación de Brett Kavanaugh a la Corte Suprema, ella enfrentó al Senador Jeff Flake en un elevador, en una acción improvisada con María Gallagher, 23, ambas sobrevivientes de abuso sexual. Kavanaugh había sido acusado de haber violado sexualmente a una mujer en el colegio secundario y de exponerse a una mujer en la universidad. La nación fue cautivada por el proceso de nominación en el Congreso donde miles de manifestantes como Archila y Gallagher se unieron.  

“Empezamos la lucha en contra la nominación de Kavanaugh inicialmente porque estábamos muy preocupados por el impacto de Kavanaugh en los derechos civiles y de mujeres a decidir qué hacemos con nuestros cuerpos,” dijo Archila.

Haciendo Su Propio Camino

Archila llegó a Nueva York a los 17 años con el objetivo de permanecer seis meses para aprender inglés. Seis meses se convirtieron a un año, que se ha extendido a varias décadas. Desde finales de los 90 ha estado involucrada en la lucha por los derechos de los inmigrantes en Estados Unidos. Durante sus décadas de activismo, ha influenciado a generaciones de jóvenes a pelear para los derechos humanos de toda gente.

“Yo soy una hija del movimiento por el derecho de los inmigrantes. Esa es mi casa, es mi origen, la pelea que me ayudó a echar raíces en este país y a sentir que este país es mi casa. Por serlo, merezco y tengo la responsabilidad de luchar por ella.”

Su historia es de caminos que bifurcaron de sorpresa. No es coincidencia que su poema favorito es “Caminante, no hay camino” del español Antonio Machado, quien salió de su patria a causa de la violencia y murió en el exilio.

Caminante, son tus huellas el camino y nada más.

Entró al activismo casi sin querer, llamada por la sangre. Al terminar sus estudios en la Universidad Estatal de Montclair, en Nueva Jersey, fue convocada por su tía, la abogada Sara María Archila, para llevar en Staten Island una pequeña oficina de la organización Centro de Integración Latinoamericana. Aceptó, pensando que daría talleres de expresión artística para jóvenes inmigrantes.

Caminante, no hay camino.

En lugar de talleres artísticos, acabó dando clases de inglés a jornaleros mexicanos indocumentados que encontraban en el Centro un enlace con su país donde podían hablar su idioma materno después de días duros y largos de trabajar.

En el 2002, su tía fue diagnosticado con cáncer y se murió nueve meses después. A los 23 años de edad, se convirtió en directora de la organización.

Ahí conoció a Crisóforo y Gustavo, dos mexicanos indocumentados de 15 años de edad que trabajaban en un deli cercano a su oficina y que marcaron su experiencia de activista. El patrón de los muchachos era un estadounidense que los hacía trabajar 12 horas al día a tres dólares la hora; los utilizaba para trabajar horas extra sin pago y los llamaba a ambos “Pancho.”

“Nunca se molestó por aprender sus nombres,” Archila dijo.

Archila rápidamente los empezó a considerar familia. Con ellos aprendió a pelear contra el abuso. Buscó un abogado para los jóvenes y juntos litigaron para recuperar el salario que les había sido negado.

En los años que siguieron, Archila fundó una red de activistas que atrajo jóvenes de Nueva York y las áreas alrededor.

Cristina Jiménez fue al Centro en el 2002, después de descubrir que, como inmigrante indocumentada, no podía ir a la universidad. Ella recuerda a Archila como una mentora que le enseñó a organizar y empoderar a las comunidades. Dice que, desde entonces, fue una líder que ayudaba a la gente a levantar la voz y tomar acción.

“Con ella perdí, poco a poco, el miedo a contar mi propia historia y a usarla para el activismo y para crear un espacio seguro para otros inmigrantes”, asegura en entrevista.

Jiménez fundó United We Dream, la organización basado en Washington D.C. y la más grande de los EEUU de inmigrantes jóvenes. Las raíces echadas por Archila siguen creciendo por los esfuerzos de Jiménez y los jóvenes en su organización.

En 2006, el Centro de Integración Latinoamericano se unió con la organización Se Hace Camino, para crear Se Hace Camino Nueva York. Desde ahí, fundaron oficinas de apoyo para inmigrantes de Nueva York, Pensilvania, Connecticut y Nevada.

Al andar se hace el camino

La Lucha En Contra de Kavanaugh

Aunque de niña no acudió a las manifestaciones en Colombia porque eran peligrosas, en Estados Unidos es veterana de la resistencia civil. Desde el Centro de Democracia Popular, que dirige desde 2014, impulsa la técnica del “bird-dogging”, que consiste en aparecerse frente a los políticos para obligarlos a mirar y escuchar al pueblo que representan.

“Los políticos casi nunca tienen la experiencia de que se les exija que respondan a la cara, que nos miren a los ojos y que asuman responsabilidad de sus acciones”, explica.

Su organización viró la atención a la nominación de Brett Kavanaugh por la preocupación sobre los efectos de la nominación en los derechos civiles de las mujeres y las comunidades de color. Como parte de una familia lesbomaternal con dos hijos, Archila vio peligrar sus derechos alcanzados en las últimas décadas.

La activista participó en los treinta días seguidos de protesta contra la nominación. Se paró afuera de las oficinas de los senadores, fue a los actos de resistencia civil que terminaron en arrestos, escuchó las confesiones multitudinarias de mujeres que han enfrentado la violencia sexual.

La primera confesión pública sobre su experiencia de abuso sexual no fue frente al Senador Flake. Fue días antes, en una manifestación en Washington, después de que varias mujeres compartieran sus historias. No lo planeó, y hasta ese momento seguía pensando que no estaba lista para confesarse, pero se hace camino al andar, como dice su poema favorito.

Frente a las compañeras de dolor, dijo que se reconocía en la historia de la Dra. Blasey Ford, 51, quien acusó a Kavanaugh de haber violado a ella en el secundario. Narró que tenía cinco años cuando ocurrió el abuso, y que lo confesó a varios adultos, mas no a sus padres. Esos adultos no hicieron nada al respecto.

En ese momento en el Capitol, ella le dijo a algunos amigos, nuevos compañeros y extranjeros que ella había sido abusada. Cuando le escaparon las últimas palabras, también le salió un respiro de alivio que ella había guardado por toda su vida.

“A los cinco años aprendí que a nosotras no nos creen y que a los agresores se les perdona o no se les hace asumir responsabilidad. Yo no quiero que mis hijos aprendan esa lección, quiero que ese ciclo pare este año”.

Cuando las últimas audiencias con Kavanaugh y Ford estaban terminando, Archila conoció a Maria Gallagher, quien se había tomado el día libre para ir a protestar por el trato que había recibido la Dra. Ford durante su comparecencia. En ese momento en el 28 de septiembre, Flake era un voto esencial que iba decidir si la Comité Judicial iba seguir con la confirmación de Kavanaugh. Gallagher le sugirió esperar afuera de la oficina del senador por si llegaban a encontrarlo. La activista tenía media hora libre, y aceptó acompañarla.

“Yo le dije, dile por qué estás aquí, no trates de tener un debate político con él. Cuéntale tu historia, habla de tu corazón”.

La escena de la confrontación se hizo viral y arrojó su secreto a la opinión pública. Aunque le contó a su madre cuando tenía 15 años, tuvo que escribir a su padre para advertirle que iba a enterarse de algo que nunca habían hablado. No quería que su padre sintiera que le había fallado.

Su miedo se confirmó. Pese a que le aseguró siempre haberse sentido respaldada por él, su padre lamentó haber fallado en protegerla. Para Archila, ese es el costo más personal que ha tenido su repentina notoriedad.

“El costo más inmediato fue que la historia que yo no había contado por 30 años ahora mis padres lo iban a escuchar, y ahora lo van a escuchar en una manera muy abrumadora” dijo Archila.

“Pero después pude respirar un respiro de alivio”.

El Camino Adelante

Al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Poco después, el Senado confirmó a Kavanaugh en la Suprema Corte después de una investigación por la FBI que fue muy criticada.

Pese a todo, ahora se reconoce más fuerte y aliviada de compartir una carga que llevaba sola.

“Mi reacción inmediata fue de profunda tristeza, de rabia. Tantas personas tomamos el riesgo que es un riesgo con un costo personal muy grande de contar nuestras historias y darle a los políticos la oportunidad de ser líderes, no solo políticos. Sentí mucha rabia que otra vez estamos repitiendo esta historia”, Archila explicó.

A pesar de esto, Archila se siento mas fuerte y libre ahora que ha confesado su historia.

“Lo que pasa en este momento con todas las mujeres contando nuestras historias es que estamos ayudándonos a compartir el dolor. Es menos haciéndolo de una manera colectiva”, reflexiona.

Ella cree que cada víctima de abuso sexual es libre de contar o guardar su historia, precisa. Sin embargo, considera que el abuso sexual es una experiencia colectiva cuya respuesta también tiene que ser colectiva, y que debe expresarse mediante la reparación del daño y la asignación de responsabilidades.

Con las elecciones del 2018 en puerta, Archila está dedicada a focalizar la energía de la inconformidad nacional para que las mujeres y las comunidades de color tengan presencia en la elección. Como logró con Jiménez en la época de la pelea por el Dream Act, quiere que las mujeres mantengan su valentía y empoderamiento; que sigan alzando la voz.

“Estamos minando este poder de una manera que va a transformar el país, a pesar de que los políticos son incapaces de escuchar en este momento”, dice, esperanzada por lo que viene y llena de rabia por lo que ya pasó.


A futuro, planea organizar a las personas que, como Maria Gallagher, se unieron a las protestas por primera vez. Ante la fuerza del movimiento, advierte a los políticos: “They don’t know what’s coming!”

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